Domingo en la cama… sí, pero en la tuya

domingo

He amanecido plácida, serena. Con tu sabor en mi lengua, con tu olor impregnado en mis mejillas. Y he disfrutado de las curvaturas de tu espalda desnuda, y me he imaginado deslizándome por ellas.

Aún duermes.

Si hubiera sabido que los otros eran simulacros te hubiera provocado el incendio antes de haberte conocido. Pero ni tu sabías que existía, ni yo estaba preparada para bailar al ritmo de tu boca.

¡Despertémonos! Quiero seguir danzando en tus caderas…

A veces me pregunto qué hubiera sido del “nosotros” sin toda esa cadena de eventualidades. A veces me pregunto qué hubiera sido del “nosotros” si nosotros no nos hubiéramos decidido. Pero entonces te miro y se me pasa.

Eres mi casualidad más bonita.

“Sé selectiva a la hora de elegir tus batallas”, me dijeron. “A veces es mejor tener paz que llevar razón”, me aconsejaron.

Razón… es eso que me has quitado mientras me declarabas la guerra con tus ojos pícaros. Y aquí me tiene ante usted, tan vulnerable como decidida. Tan despojada como llena de su ente latino.

Y puedo decirle que lo amo.

“La distancia entre dos personas es un sueño imposible”, leí una vez en una hoja de Elvira Sastre. Y yo siempre supe que el océano era un charco de lluvia y una razón más para mojarnos.

Nos sobraban razones.

Y también los motivos.

Olemos a tierra mojada porque estamos vivos.

Y entonces decidí grabarme la “C” a ritmo de bachata, a ojos rasgados con ruptura de papel. Porque sólo tú entendiste mi poesía sin sentido.

Un sinsentido… que para mí cubre todo mis ser.

Qué ricos esos domingos donde despiertas, pero aún estás dormida.

Qué ricos esos domingos que comienzan tal como terminan.

Domingos de pieles desnudas, de ganas de más de nuestros cuerpos.

Domingo, domingo….

Domingo en la cama… sí, pero en la tuya.

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